Trabajo: ¿derecho o privilegio?

El trabajo está considerado uno de los Derechos Humanos a los que toda persona ha de tener acceso, sin embargo, en los últimos tiempos la coyuntura económica y social nos está brindando una perspectiva diferente. El aumento ininterrumpido de la población –que se estimó en 7400 millones de habitantes a finales del 2016- y los avances tecnológicos, están imposibilitando que toda la población activa pueda acceder a un empleo, sin entrar ya a valorar que se trate de un empleo que reúna las condiciones necesarias para catalogarlo como digno.

La revolución industrial inició el proceso de sustitución de la mano de obra humana por la maquinaria, la destrucción de empleos tradicionales y el surgimiento de otros nuevos, relacionados sobre todo con el diseño, creación y mantenimiento de dichas máquinas. Hoy en día, no obstante, el avance tecnológico es tal que la fabricación y el mantenimiento de las máquinas depende de otras máquinas o robots, quedando el ser humano relegado a unos pocos puestos de trabajo, por lo que el número de personal necesario para que una fábrica funcione se ha visto drásticamente reducido. Así pues, podríamos afirmar que la industrialización destruye muchos más puestos de los que crea, por lo que genera un excedente de trabajadores que, añadido al aumento de población, resulta imposible de reubicar en el mercado laboral actual.

Ante este panorama cabe preguntarse, ¿trabajar sigue siendo un derecho? Más bien parece que se haya convertido en un lujo al que sólo unos pocos privilegiados pueden acceder y donde lo verdaderamente importante es tener un empleo, sin entrar a valorar las características o la calidad del mismo. Si a mayores resulta que el trabajo nos gusta, estaremos ante un añadido de valor incalculable. Ahora bien, ¿quiénes son esos privilegiados que podrán trabajar? ¿Sigue la formación siendo garantía de empleo? A diario escuchamos que los universitarios también sufren la crisis, están en la cola del paro y son explotados como becarios con contratos basura, quedándoles casi como única opción la emigración. Que estudiar ya no sirve.  La realidad es que sólo una cosa sirve hoy en día, estudiemos o no, y es: diferenciarse.

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La cantidad de trabajo que nuestra sociedad necesita es inferior a la cantidad de trabajadores de los que dispone, por lo que siempre contará con una parte de los mismos en situación de desempleo y/o de búsqueda del mismo. De hecho, los expertos en recursos humanos y orientación profesional ya hablan de ciclos por los que las nuevas generaciones van a pasar constantemente (ahora que el trabajo fijo está casi extinguido) y donde la búsqueda de nuevas oportunidades será una constante que se repetirá varias veces a lo largo de la vida. En este contexto necesitamos buscar nuevas alternativas de empleo. La más obvia es nadar a favor de la corriente y adaptarse a los cambios que están ocurriendo a nuestro alrededor: abrazar las nuevas profesiones que emergen y convertirse en los pioneros de esas ramas. Hoy existen profesiones que hace diez años ni siquiera imaginábamos y cada año irán surgiendo otras diferentes, sobre todo en los ámbitos de las ciencias, las tecnologías y las comunicaciones. Aprovechemos esas oportunidades. Formémonos. Hagámonos expertos y resultemos imprescindibles para las compañías.

Otra opción es crear nuevas necesidades hasta ahora inexistentes en la población, como ha ocurrido, por ejemplo, con las redes sociales, elementos que antaño no utilizábamos en absoluto. La imposibilidad de que el 100% de la población activa llegue a trabajar deja un campo abierto para los emprendedores: el del ocio. Abramos nuevos caminos que transitar. Demos a la población otras opciones, otras maneras de entretenerse y creemos, a la vez, otra manera de trabajar y de generar empleo. Innovemos.

Pero, ¿qué sucederá con ese porcentaje que nunca llegará a tener un empleo o que pasará largas temporadas de su vida profesional buscándolo infructuosamente? ¿Conseguirán los gobiernos, las multinacionales o los coaches dar una solución satisfactoria al problema? ¿Conseguirán solventar las dificultades de crecimiento económico resultantes de la falta de ingresos y el malestar personal derivado de la ausencia prolongada de actividad laboral? ¿Podría el trabajo doméstico regularizarse para convertirse en trabajo productivo y resolver parte de este conflicto generando un salario y unas condiciones contractuales para gran parte de la población desempleada con el impacto positivo en el consumo que produciría?

No está de más destacar que el trabajo doméstico (las tareas del hogar, el cuidado de niños y de otras personas dependientes) sólo se considera como trabajo y está remunerado –en muchas ocasiones sin un contrato legal- cuando se realiza para otras personas en una casa ajena. Es decir, se desvincula del trabajo que se realiza en la propia casa y para la propia familia. Sin extendernos demasiado en el tema, cabe señalar que la mayor parte de las personas que renuncian al desarrollo profesional para cuidar en exclusiva de la casa y de los hijos son las mujeres, sin recibir ningún tipo de compensación económica o beneficio social a cambio, convirtiéndose en parte de ese sector desempleado. Si este trabajo estuviese considerado como un empleo más, estaríamos más cerca de seguir considerando el trabajo como un derecho en vez de como un privilegio al que, para poder acceder, con frecuencia hay que sacrificar otros aspectos como la familia.

Si las profesiones cambian y el mercado laboral cambia, seguramente la forma de buscar empleo también cambiará. Y como siempre, las personas que mejor se adapten a dichos cambios serán las que consigan salir adelante exitosamente. Sin embargo, debemos ser conscientes de que, a partir de ahora, existirá un sector poblacional en situación de desempleo al que habrá que ofrecer otras alternativas.

Sandra Iglesias Rodríguez

Psicóloga y orientadora profesional de formación. Escritora de vocación. Madre y feminista a tiempo completo, bloguera en mis ratos libres. Aquí encontrarás información y debate sobre todo lo que tenga que ver con el mundo del empleo y con la igualdad de género.

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