Soy una madre, no una supermujer

Tras el lunes negro en Polonia en el que miles de mujeres se proclamaron en huelga general y salieron a la calle para protestar por la reforma de la ley del aborto que pretendía penar con la cárcel a quienes lo practicasen, parece necesario recordar que la maternidad es una decisión personal y subjetiva y que nadie debiera decidir si una mujer ha de ser madre o no.

La sociedad patriarcal siempre ha presionado a la mujer hacia la maternidad, hacia el cuidado de los hijos y del hogar, convirtiéndola en educadora y cuidadora no remunerada, que sostiene el sistema capitalista con su trabajo gratuito. El acceso de la mujer al mercado laboral ha supuesto un tambaleo en los roles de género y en la distribución de las tareas y responsabilidades domésticas, pero todavía estamos muy lejos de alcanzar un reparto equitativo de las mismas entre ambos miembros de la pareja (al menos, en las parejas heterosexuales). Por esto, las mujeres se siguen encargando de la mayoría de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos, tareas que se añaden al trabajo fuera de casa en lo que se denominó “la doble jornada”, pero que en realidad es un trabajo que no tiene fin.

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En este escenario nos encontramos con una sociedad en la que la mayoría de los hombres siguen eludiendo su parte en el hogar y en la que se insta a las mujeres a que sean perfectas madres y amas de casa, al estilo del ideal de los años 50, sin procesar que el tiempo físico que pueden dedicar para ello ha disminuido considerablemente (sobre todo teniendo en cuenta los horarios de trabajo españoles, donde no termina de cuajar la jornada intensiva ni el teletrabajo). Es decir, la sociedad y los medios nos engatusan con la imagen de una mujer atractiva, bella y bien vestida, que trabaja y tiene éxito profesional y además cuida de sus hijos, cocina y elabora postres para chuparse los dedos y tiene tiempo para organizar fiestas de cumpleaños, ir al gimnasio, estudiar idiomas, viajar y quedar para tomar café con sus amigas. Todo esto con las uñas arregladas y el pelo limpio. Pura ficción.

Intentan vendernos la idea de la supermujer para que nos emocionemos, para que nos retemos a nosotras mismas a lograrlo, a ser iguales, a poder con todo, y asumamos y asumamos tareas sobre nuestros hombros sin protestar y sin pedir ayuda, sin rebelarnos, aunque terminemos el día agotadas y sin un minuto de descanso.

Pero lo peor de estas exigencias sociales es que son contradictorias y cuando tratamos de satisfacerlas todas enseguida aparece la disonancia cognitiva: porque soy mujer y madre y trabajo ocho horas, que en ocasiones pueden convertirse en diez y si me tengo que desplazar a la localidad de al lado y además comer fuera de casa resultan ser doce, y de pronto me encuentro con que tengo que dejar a mis hijos en la guardería la mitad del día y la otra mitad a cargo de los abuelos. Y aparecen la culpa, la ansiedad, el estrés, porque soy madre pero mala madre y porque al padre, que pasa fuera de casa incluso más horas que yo, nadie lo mira mal ni pone en duda su capacidad para educar el escaso tiempo que pasa con sus retoños. Y entonces me planteo reducir jornada, o cambiar de puesto (seguramente a uno de menor categoría laboral) o directamente dejarlo todo y la culpa crece todavía más porque no tengo vocación de ama de casa y además de madre quiero ejercer mi profesión.

¿A dónde voy a parar con todo esto? A que siempre habrá ojos mirándonos y juzgándonos. A que nuestra forma de proceder será criticada mientras que la misma forma, viniendo de un padre, será alabada. A que no estamos obligadas a ser supermujeres, a que sólo tenemos que ser personas. A que a veces vale más olvidar el qué dirán y lo que se espera de una y vivir más relajadas y felices.

Sandra Iglesias Rodríguez

Psicóloga y orientadora profesional de formación. Escritora de vocación. Madre y feminista a tiempo completo, bloguera en mis ratos libres. Aquí encontrarás información y debate sobre todo lo que tenga que ver con el mundo del empleo y con la igualdad de género.

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