El porqué de Lamalvalila

Llevaba mucho tiempo deseando crear un blog y aplazándolo por la pereza de escoger plataforma en la web, diseñar la página y un largo etcétera de cuestiones a las que hay que hacer frente cuando uno se decide a iniciarse en este mundo. Pero un día la motivación por lo que me gustaba fue mayor que las dificultades percibidas y Lamalvalila comenzó a andar. Ahora bien, ¿por qué estas ansias por crear un blog? Por dos sencillas razones:

  1. Me apasiona escribir.
  2. Quiero combinar en un mismo espacio mis dos áreas de trabajo: la orientación profesional y la igualdad de género.

¿Y por qué combinar orientación profesional e igualdad de género?

Pues para empezar porque la orientación para hombres no es exactamente la misma que para mujeres. No lo es. En absoluto. Igual que no es la misma para personas jóvenes que para mayores, para nativos y para inmigrantes, para personas con algún tipo de discapacidad o superdotadas. No es la misma porque las circunstancias sociales y las dificultades que se encuentran unas personas y otras en el desarrollo de su carrera profesional son muy diferentes.

A continuación os explico la necesidad de aplicar la igualdad de género en orientación:

La estructura social tradicional ha experimentado un profundo cambio con la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral. Esta incorporación, que viene acompañada por un mayor nivel formativo –en muchas ocasiones universitario- está provocando un replanteamiento de los modelos y roles de género aceptados en el pasado y cuya asunción ya no parece posible en el presente ni de cara al futuro.

El porcentaje de mujeres que acudimos a la universidad y finalizamos nuestros estudios exitosamente está superando al porcentaje de hombres, por lo que la idea de que no somos aptas para el estudio ni para las carreras profesionales que de ellos se derivan resulta totalmente inadecuada. Las mujeres hemos demostrado estar perfectamente capacitadas para realizar todo tipo de tareas, en todos los sectores, profesiones, artes y deportes. Sin embargo, todavía pesan las concepciones que nos atribuyen unas características físicas, emocionales, de personalidad y aptitudinales diferentes a las de los hombres, lo que provoca procesos de segregación horizontal y vertical en el trabajo. Es decir, las mujeres seguimos  dedicándonos principalmente a una serie de ocupaciones relacionadas sobre todo con el cuidado de otras personas (sanidad, educación, servicio doméstico…) mientras que los hombres ocupan las labores más técnicas y científicas, siendo clara mayoría en profesiones como la ingeniería. Del mismo modo, son los hombres, en su gran mayoría, los que ocupan las posiciones más altas de las jerarquías organizacionales -aun cuando la empresa esté conformada principalmente por mujeres-, asumen las principales responsabilidades y funciones de supervisión y toma de decisiones, llegando a cobrar un porcentaje significativamente superior a sus compañeras, incluso cuando éstas realizan el mismo trabajo.

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Imagen de nenetus – FreeDigitalPhotos.net

Esta realidad pone de manifiesto las reticencias al cambio del sistema de géneros existente. Un sistema establecido ya en el siglo XIX por el Estado, la Iglesia, la familia y la educación (Fraisse, 1995; en Alcañiz, 2015) y al que se denominó patriarcado. El patriarcado se creó por y para los hombres, quienes poseían la fuerza física, realizaban los trabajos más pesados y peligrosos y, por extensión, fueron considerados los únicos seres racionales capacitados para dedicarse a tareas como la investigación, la ciencia o la política. La mujer fue concebida como un ser débil, dependiente y emocional, cuya especial sensibilidad la hacía apta para el cuidado de los hijos, los ancianos y los enfermos, pero no para desenvolverse en el duro y competitivo mundo laboral ni para tomar sus propias decisiones.

Así, fue relegada a un segundo plano, dependiendo para todo de una figura masculina, ya fuese un padre, un hermano o un marido. Los primeros ejemplos de esta subordinación podemos encontrarlos ya en la cultura occidental clásica, donde contrasta la coexistencia de sociedades claramente patriarcales como la griega o la romana con otras más igualitarias como la celta, siendo las primeras las que terminaron por imponerse en todo el dominio de sus imperios. El Cristianismo no hizo sino afianzar esta subordinación de la mujer a las necesidades y deseos del hombre, privándola de voz y voto durante siglos, hasta la aprobación del sufragio femenino, lo que en España ocurrió en 1931. No obstante, este derecho fue suprimido durante el Franquismo y las mujeres permanecimos durante algunas décadas más sin poder realizar ciertas actividades como trabajar o abrir una cuenta bancaria sin el permiso del marido. Fue también la dictadura lo que impidió que el movimiento feminista surgido en los países anglosajones en los años sesenta y setenta llegase a la península, combatiéndolo con la censura característica y la propaganda, fuertemente influenciada por la Iglesia Católica, sobre los atributos que debía poseer la buena esposa.

Aunque esta situación nos resulta hoy en día inconcebible, sigue siendo una realidad en muchos lugares del mundo donde están vigentes prohibiciones que afectan sólo a las mujeres, como votar, conducir o realizar ciertas actividades sin permiso del padre o marido. El desacato de estas normas, que puede ser penado incluso con la muerte, recuerda en cierto modo a los crímenes pasionales que durante años se concibieron como legítimos y que siguen siéndolo en países donde se tolera –y no se pena- que el padre, el hermano o el marido terminen con la vida de la mujer para “salvar la honra.”

Actualmente, en nuestra sociedad estos crímenes pasionales (que tienen poco de pasión y mucho de maltrato constante y continuado) siguen ocurriendo, pese a no estar aceptados ni social, ni legalmente, con una frecuencia increíblemente elevada para caer en el error de sentenciar que el patriarcado ha desaparecido. Sólo en 2014 el número de víctimas mortales fue de 54 y a 03 de Junio de 2015 el número asciende a 14, tal y como reflejan las estadísticas del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Estos crímenes cometidos por la pareja o ex pareja masculina son la cara más cruel de un sistema que sigue considerándonos a las mujeres como seres inferiores a los hombres. Inferioridad que se plasma también en el mercado laboral, en forma de segregaciones o en las mayores cifras de paro femenino que masculino.

Pero si hoy en día las mujeres tienen libertad para votar, para estudiar, para trabajar, para vestir, para formar o no una familia, para tener una o varias parejas sentimentales, en definitiva, para elegir: ¿por qué se siguen produciendo estas situaciones de desigualdad?

Por la presencia interiorizada de estereotipos de género que continúan afianzando la idea de que los hombres y las mujeres, como seres biológicamente distintos, somos diferentes también a otros niveles. Estos estereotipos siguen presentando una imagen femenina delicada, orientada a las personas y profundamente preocupada por su aspecto físico, consumista de productos de belleza anunciados sin descanso en los medios de comunicación. El hombre, en cambio, es fuerte e independiente, no llora, es ambicioso y dedica gran parte de su tiempo a su trabajo, convirtiéndose en el sustentador emocional –y muchas veces económico- de su pareja. Aspectos como una sexualidad liberal están ampliamente aceptados en los hombres y siguen condenándose en las mujeres, de quienes no se espera promiscuidad de ningún tipo. Esto demuestra que la libertad existente es ficticia, ya que las decisiones están fuertemente limitadas por las críticas y los juicios de la sociedad.

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La pervivencia de estos estereotipos es una realidad y aunque existen hombres, y sobre todo mujeres, conscientes de su falsedad, siguen profundamente arraigados en la conciencia colectiva. No hay más que entrar en una tienda de ropa infantil o en una juguetería para ver de manera clara y rotunda las características que la cultura adscribe desde el momento de nacer a los que tienen un sexo y a los que tienen otro.

Así pues, no se puede negar que la mujer ha conseguido mejorar enormemente su situación y ha alcanzado lugares que hasta hace poco eran exclusivos de sus compañeros masculinos. Pero sigue quedando un largo camino por recorrer hasta la igualdad total de trato y de pensamiento. El acceso de la mujer al empleo es un ejemplo de avance significativo con claras limitaciones, ya que por regla general, trabajar fuera de casa se ha añadido a trabajar en casa, produciendo una doble carga de trabajo para ella.

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Imagen de Tuomas_Lehtinen – FreeDigitalPhotos.net

Y tú, ¿por qué has decidido crear un blog? Y si no lo has hecho todavía pero lo estás deseando, ¿qué es lo que te frena? No dudes en comentar todo lo que quieras en el apartado Comentarios. ¡Estaré encantada de hablar contigo!

Referencias biblográficas:

Alcañiz, M. (2015). Género con clase: la conciliación desigual de la vida laboral y familiar. Res, 23, 29 – 55. Consultado el 27 de julio de 2015 en http://fes-sociologia.com/sumario-numero-23-2015/pages/145/

www.msssi.gob.es

Sandra Iglesias Rodríguez

Psicóloga y orientadora profesional de formación. Escritora de vocación. Madre y feminista a tiempo completo, bloguera en mis ratos libres. Aquí encontrarás información y debate sobre todo lo que tenga que ver con el mundo del empleo y con la igualdad de género.

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